Cuando era niña, mi mayor miedo eran las noches de tormenta. Cuando buscaba donde refugiar mis miedos.
Los brazos de mamá eran un refugio seguro y lograban hacerme sentir confiada y en paz.
El Viento… Siempre ha sido un buen amigo. Solía contarle mis secretos porque estaba segura que el se los llevaba a Dios. El viento me escuchaba siempre atento, y muchas veces con su canto me arrulló.
El viento es fuerte y poderoso, cuando se enoja su fuerza es excepcional.
Nunca intentes luchar contra el viento, en las noches de fuerte tempestad, pues si desea arranca un árbol desde la raíz, vuela las casas y los autos como plumas en el aire.
Cuando el viento se enoja, no es bueno retarlo, es mejor dejarlo poco a poco calmar.
Luego se vuelve suave, y muy ligero, te acaricia el cabello y puedes sentir esa suavidad.
Me gusta escucharlo cuando canta, como silbidos que cruzan por mi ventana. Me doy cuenta que sigue ahí, que desea escucharme cuando le hablo. Que sigue guardando todos mis secretos. El sabe lo mucho que le quiero, que desde niña he seguido sus pasos, y muchas veces he viajado con el por horizontes lejanos.
El otoño ha llegado a mi vida, y aun el viento es mi amigo y mi aliado.
Me sigue tratando como a una niña, ni siquiera ha visto mis cabellos plateados.

© Esperanza E. Vargas

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