Le sangraban los pies,  las sandalias desgastadas, la falda desgarrada, esperaba sin poder mover ni hacer un ruido gutural,  tras una impenetrable barrera gris de niebla húmeda se volvió a dormir.
Al despertar,  no recordaba nada cuanto tiempo llevaba así,  su mirada fija en el horizonte, el olor a  piel y goma  que sentía fundida a su espalda. Allí el laberinto torbellino de hierros   del coche que se veía  atado y envuelto bajo la  maraña impenetrable por las matas de hiedra que aguijoneaban sus brazo y parte de su cara y la enredaderas  en su pelo  se alargaban y seguían rodeando su cuerpo.  Al volver en si,   no tenía fuerzas intentó desprenderse y aun mareada la lanzo al suelo, se arrastró unos metros  acercándose  a la orilla. tenía mucha sed y el sonido de las olas le hizo sentir más. Pero todo le empezó a dar vueltas la cabeza  pegó  como un sandía en el suelo y el agua salada, las olas la traían y la llevaban. como un balón.

Al abrir  los ojos  no veía. El nudo de angustia la invadió  no podía ni gritar,  suspiró, y notó como su piel abría grifos de sangre por sus pantorrillas alimentando las raíces de una palmera que parecían  sonrientes al notar el caudal de vida,  que el líquido les regalaba sentía aguijonazos en los ojos, eran espinas clavadas  en sus ojos, ahora no podía ver nada solo le llegaba el olor a tierra mojada y a sangre.

Al despertar vio un cuerpo inerte  sus brazos eran ramas de hiedra que se alzaban se enlazaban en las piernas… de aquel ser de sandalias desgastadas, falda desgarrada y pies sangrando…
Sigue repitiéndose una y otra vez :  – ¡Un día no querré abrir los ojos…!

© Araceli García Martín

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