Hoy evoqué mi infancia, me di cuenta que dejé muchos sueños truncados, que me urgía crecer y comerme al mundo, sin embargo, las preocupaciones fueron mermando mi alegría y mi salud, me enfoqué más en vivir precipitadamente mi vida, en crecer profesionalmente, olvidando a mi niña interior, sus deseos de compartir con alegría con los demás, de beber sorbo a sorbo la vida, sin prisas, sin horarios.

Pero todo sucedió al contrario, me vi inmersa en un mar de compromisos, de responsabilidades, olvidándome poco a poco que hay que disfrutar de todo lo que nos rodea, que tenemos que detenernos a admirar los bellos paisajes, oler el fresco aroma de la mañana y de la tarde, ver con ojos alegres la noche estrellada, me olvidé de vivir, de sentir, de saber que todo tiene un cuándo, un dónde y un porqué, pero sobretodo, me olvidé de mimar, cuidar y alimentar a mi niña interior.

Mi niña interior que luchaba día a día por vivir, por decirme que todo iría bien, que tomara las cosas con calma, que el mundo no se acabaría si me detenía a saborear un rico helado de nuez aunque resbalara por mi boca, la ahogué cuando quería salir a decirme que la risa y el desparpajo eran medicina para mí alma triste, ahogué cualquier indicio de ella por hacerme sentir que sólo se vive una vez.

Ahora siento que no es muy tarde, que aún puedo disfrutar de todo lo que me perdí, siento que mi niña interior pide que la deje vivir y actuar como siempre ha querido, me dice que la salud de mi cuerpo y alma podrán recuperarse sólo si la dejo vivir a la par mío.

© Cely Vargas

29 de abril de 2019 México

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