Después de los duros y crudos días del invierno, largo y frío como solo nosotros sabíamos en aquel entonces; de pronto un día, que además había amanecido resplandeciente y luminoso como pocos, salíamos los escolares al recreo y en la era que teníamos justo frente a la escuela y que constituía el marco habitual de nuestros juegos, veíamos con sorpresa que habían comenzado a brotar cientos de margaritas, a grandes corros sobre la hierba y esparcidas por toda la era. Entonces, sabíamos ya que ¡la primavera estaba entre nosotros!.

¡Qué alegría! nos entraba entonces a los escolares al ver la era de nuestros juegos cubierta por esas florecillas de llamativos colores. Nos embelesábamos de pronto en su contemplación y aquel día no queríamos que acabase el recreo, haciéndonos los remolones por algunos minutos y teniendo que insistir nuestra maestra, llamándonos por segunda vez, para que regresásemos a la escuela.

Y así andábamos el resto del día, un tanto trastocados por el acontecimiento. Y es que al salir de la escuela y darnos una vuelta por el campo aquel día y los siguientes, veíamos cómo la estación de las flores –como la llamábamos-, lo iba cubriendo todo con su belleza y colorido sin igual.

Y que era hora ya de que nos desprendiésemos de nuestras ropas de abrigo y de que fuésemos desempolvando del recuerdo una serie de juegos de calle que el buen tiempo hacía más propicios realizar. Y que era tiempo ya de que fuésemos a visitar a nuestros amigos, los pájaros del campo, y descubriésemos sus nidos entre los matorrales del camino; de los que seguiríamos su evolución hasta que los nuevos pajarillos volasen del nido.

Pero sobre todo, que el camino hacia las vacaciones de verano comenzaba a verse más despejado, aun cuando de sobra sabíamos que le quedaban todavía bastantes días lectivos al calendario escolar… Sin embargo, a nosotros se nos antojaban ya prácticamente a la vuelta de la esquina…

© J. Javier Terán.

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