Es bueno tener recuerdos, claro!. Y más ahora, que los de mi generación tenemos ya una cierta edad, frisando los taitantos años y, el que más y el que menos, nos movemos por ahí fuera peinando canas…

Bien, pues tiempo ha, en mi etapa de niñez allá en el pueblo donde viera la luz, los chavales, después de salir de la escuela por la tarde y dar buena cuenta de la imperdonable e insustituible merienda, cuando ya en el pueblo anochecía, una de nuestras pasiones –entre andanza y aventura-, consistía en ir descubriendo, escalera en ristre, entre los huecos u oquedades bajo el alero de los tejados de una mediana altura, el lugar donde algunos de los pájaros que frecuentaban durante el día nuestro ámbito más cercano, acostumbraban a resguardarse para pasar la noche.

Los había también que pasaban la noche entre la floresta de los árboles de los alrededores, pero esos no nos interesaban tanto; quizás porque no podíamos acceder a ellos y observarlos tan de cerca.

Nos conocíamos ya de memoria los huecos bajo algunos de los tejados donde pernoctaban. Y siempre el mecanismo cuando llegábamos a su altura era el mismo: Nos asomábamos con sigilo a su pequeño territorio –provistos en ocasiones de una pequeña linterna que apagábamos una vez descubierto al pajarillo-, le observábamos unos segundos y tomábamos nota mental del lugar. Recogíamos la escalera y seguíamos por la calleja el grupo de chavales hasta el siguiente lugar donde ya en otra ocasión habíamos descubierto una escena igual a la anterior.

Y así, hasta dar la vuelta al pueblo el grupo de chavales; intentando descubrir cuantos más lugares habitados bajo el alero del tejado mejor, porque en ocasiones hasta hacíamos competiciones entre varios grupos de chiquillos, por ver quien descubría un mayor número de pajarillos pernoctando bajo los tejados.

Los mayores del pueblo nos veían atravesar la calle a la carrera, escalera en ristre, y no salían de su asombro cuando en ocasiones descubrían nuestra pequeña aventura nocturna. Y seguro que en la mente de muchos de ellos, bullirían los recuerdos al trasladarles su pensamiento a sus años de adolescencia.

© J. Javier Terán

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