El mono Kike

es pequeño y es travieso.

Su amigo el ratón,

le ha compartido

un poco de queso.

A el pequeño ratón no le importa

entrar en las casas y compartir
la comida.

Aún que aveces

le asustan los ruidos,

porque aún que sea travieso

es muy miedoso.

Han asaltado una hermosa cocina,

Y el mono sonríe cuando mira…

¡Una cesta de bananas!

¡Qué Delicia!

¡Se ha puesto a saltar de alegría! Aquellas bananas,
le recordaban viejos tiempos.

Sonriente le dice al pequeño ratón,

¡Gracias por ser compartido!

¡Por no ser glotón!

Al compartir tu queso conmigo.

Y el ratoncito le responde:

Compartir es lo más bello de esta vida.

Todos deberíamos compartir

la comida.

Pero… ¡Mira! Le dice Kike…

¡Qué manjar más exquisito!

¡Una cesta de bananas!

Mi alimento favorito.

Sí… Las bananas

además de ser exquisitas.

Seguro que te traen bellos recuerdos de donde naciste y creciste.

El ratoncito le aplaude,

con jubilosa alegría.

Y mientras Kike se sienta a comer,

el explora la alacena.

Para ver si encuentra un buen queso,

de esos que se derriten

solo con mirarlos.

Y si hay uno grande y jugoso.

Y tanta comida se encuentra,

que ya no sabe que hacer.

¡De pronto! ¡Una puerta se abre!

Y los bellos ladronzuelos,

corren despavoridos.

Corren y corren,

hasta quedar rendidos

y se esconden muy bien

para que nadie les pueda ver.

Kike ha tirado la prueba

de su asalto en el piso.

El dueño al entrar le ha pisado

por descuido.

De sentón se fue patinando,

sin querer se ha armado un circo.

Y ellos siguen escondidos

por miedo a que los pillen.

Y es que siempre

hay que pedir permiso

para compartir las cosas.

Y eso le dijo Kike al raton,

otro día primero pediremos permiso

y nunca olvidaremos dar las gracias. Dos cosas muy importantes en esta vida.

Y han salido a buscar

de su dueño el perdón.

Kike le ha plantado un beso,

y el ratón en la otra mejilla.

Su dueño frunce el ceño,

con una ligera sonrisa.

© Cati Mercadal Sans & Esperanza E. Vargas

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