Había un inmenso prado lleno de mil flores de todos los colores: amapolas rojas como un amanecer, margaritas amarillas y blancas, malvas, jacintos, dientes de león y otras muchas especies más.

Esto hacía que se reunieran allí un montón de insectos para recoger el polen de las flores, entre otras de las labores que hacían abejas laboriosas, avispas, libélulas, hormigas y mariquitas, que iban tras los pulgones que allí habitaban a montones.

Pero como en toda comunidad siempre hay alguien a la que le gusta más dar trabajo que trabajar, Rufina era una de esta clase.

Rufina era una mariquita que le gustaba meterse en los problemas de todo el mundo, por ello la llamaban la mariquita meticona.

Siempre estaba metida en líos; allá donde hubiera una discusión por una flor o por un grano de polen Rufina era atraída como las moscas al azúcar.

Un día, la señora mantis estaba enfrascada en una discusión con su pareja; lo había visto ir tras una mariposa y aquello enfureció a la mantis.

—¡Eres un picaflor! En cuanto ves unas alas de colores vas tras ellas, como abejas tras el polen.

—No te enfades, Linda; solo estaba gastándole una broma a esa mariposa —le dijo Mario a la mantis.

—Sí, sí… Una broma… , ¿no ves como me río?

Rufina atraída por la discusión, se metió al medio.

—Linda, no te enfades con Mario, si siempre está de bromas con todas.

—¿Y a ti, quién te ha dado polen en esta flor, Meticona?

—Nadie; pero os he oído discutir y no he podido evitarlo. No es justo que regañes a Mario por querer ser simpático.

—Mira, Rufina, no estoy de humor para aguantarte ni a ti, ni a este, así que ya estás cogiendo vuelo de aquí o….

—No te pongas así, ya me voy. ¡Vaya carácter se gasta la mantis para ser religiosa —dijo Rufina malhumorada.

No contenta con aquello vio a dos ranas discutiendo por una mosca que tenían atrapadas las dos al mismo tiempo y ninguna estaba dispuesta a soltarla.

—Parece que no os ponéis de acuerdo en quien la cazó primero, ¿verdad?

—¿Y a ti que te importa, Meticona? Esto es algo entre nosotras —le dijo una de las ranas.

—Solo quiero ayudaros, con la de moscas molestas que hay por el prado, ¿tenéis que pelearos por una?

—¿Sabes, Meticona? ¡Tienes razón! Con tantas que hay, ¿por qué discutir?

Y dicho esto soltó a la mosca y acto seguido atrapó a Rufina y se la llevó a la boca. Rufina gritaba asustada, no quería ser tragada por la rana y sin embargo no podía escapar de aquella viscosa lengua.

Vio la negra boca y notó cómo la lengua se le enrollaba alrededor de su pequeño cuerpo y comenzó a llorar de angustia.

—Sólo quería ayudar… —decía entre sollozos— no lo volveré a hacer más.

—¿Seguro que no? Pues, esta te va a tragar —le dijo la otra rana sonriendo.

La boca de la rana se cerró con Rufina en su interior.
Cuando pasó un buen rato, la rana abrió la boca y soltó a Rufina, que estaba temblando y llena de babas. Intentó escapar volando, pero no pudo, pues sus alitas estaban empapadas.

La rana le dijo.

—Por esta vez te voy a dejar ir, Rufina, pero la próxima no tendrás tanta suerte.

—¡No habrá próxima vez, lo prometo! No quiero ser tragada de nuevo no me ha gustado la oscuridad que he sentido a mi alrededor.

—A ver si es verdad —dijo la otra rana.

Rufina se alejó de allí caminando, con el miedo en el cuerpo y con la determinación de no volver a meterse en los problemas ajenos.

Moraleja:
Zapatero a tus zapatos, no te metas en los problemas de los demás sin ser llamado.
No hay nada peor que la oscuridad que te envuelve cuando todos te dan la espalda.

© Antonio Caro Escobar

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